Después de varios días oyendo y leyendo noticias sobre la llegada a nuestro país de subsaharianos a bordo de esos barquichuelos, que dan más miedo que vergüenza, ayer oí la entrevista que le hacían a Carlos Iglesias, director de la película "Un Franco, 14 pesetas".
Decía el actor-director algunas cosas interesantes. En primer lugar, mostró su extrañeza por el hecho de que el cine español haya tocado tan poco el fenómeno de la emigración española a Europa en los años 50 y 60. Quitando las españoladas de Alfredo Landa, Sacristán y Gracita Morales, con esa imagen patética de abrigos y bunfandas, con la maleta atada con una cuerda, el cine español, tan propenso a hacer memoria, no había tratado este tema con seriedad. El actor-director pensaba que esa emigración no tuvo causas políticas sino económicas y que por eso no había sido escenificada. Se le olvidó a Carlos Iglesias que muchos de los que se fueron tenían problemas económicos por causas políticas, pero en fin.... Pero lo que de verdad me sorprendió de la entrevista fue su machacona insistencia en que los emigrantes españoles de aquella época llegaron a los países de destino PERCIBIENDO EL MISMO SUELDO QUE LOS NACIONALES.
Eso sí que es un matiz reseñable. En un país como el nuestro, donde se discrimina por razón de sexo (una mujer cobra menos que un hombre por el mismo trabajo, según dicen las encuestas), de orientación religiosa (vid. los comentarios recibidos por mi amigo Bob), de orientación sexual, hacerlo por razón de nacionalidad y raza se ha convertido en algo tan normal... Algo debe tener el mundo al que pertenecemos que nos hace olvidar el que vivimos no hace tanto. Y lo peor es que acabamos acostumbrándonos y nos llama la atención que alguién alguna vez nos llame la atención.
Mientras tanto aquí estoy yo. Encargada, en exclusiva y en solitario, de la defensa del cumplimiento de los derechos y libertades de los miembros de la comunidad universitaria, sintiendo como los vellos se me ponen como escarpias ante esa responsabilidad. No sé si se debe tener una madera especial para estar aquí, pero aquí estoy.
jueves, 4 de mayo de 2006
Últimamente he adoptado una costumbre para salir con una sonrisa en la cara cada mañana y enfrentarme al trabajo. Cuando bajo al salón, lista, arreglada, dispuesta, pongo música y bailo. Bailo sola. Y canto la canción de turno. El calor de la música y del movimiento me da vida y alegría. Después me pongo el abrigo, cojo el bolso, abro la puerta y me dirijo al metro. Sonriendo.
martes, 2 de mayo de 2006
Esta vez no quería venirme. Me sentía segura tan cerca del seno materno. Anoche, sentada en el sofá junto a ella, mientras acariciaba mi mano, supe que no quería irme de allí. Esta mañana, junto al coche, me ha despedido con un gesto de ánimo. Y yo he tenido ganas de llorar. Quedarme en casa, rodeada de cuidados y de calor, sin tener que enfrentarme a retos. Pero el coche ha arrancado y varias horas después ha llegado a destino y ya estoy reincorporada, intentado mentalizarme para lo que viene.
miércoles, 26 de abril de 2006
¡Qué susto acabo de darme! ¡¡¡¡Me he sorprendido a mi misma repasando con interés personal un artículo sobre la osteoporosis!!!!!!! Sí, sí, esa enfermedad que afecta a mujeres de "mediana edad". Menos mal que he visto que no me encuentro en el rango de edad peligrosa todavía. Pero no es buen síntoma que empiece a dar la batalla de mi exultante juventud por perdida. Todavía no. Resert.
sábado, 22 de abril de 2006
Ayer oía al radiante premio Cervantes de este año hablar de su apasionamiento infantil por las lecturas de Julio Verne. No tengo yo recuerdos de esos. Para mi leer era lo normal y lo hacía sin trascendencia. Pero aún conservo y releo el primer libro que, conscientemente, compré, que deseé tener y devorar.
Fue en 1982 que, hojeando el manual de lengua, me encontré con un párrafo que me subyugó, que me enamoró perdidamente. Hablaba del despertar desolado de un pueblo misterioso después de un aguacero que había durado cuatro años, once meses y dos días. "Un viernes a las dos de la tarde se alumbró el mundo con un sol bobo, bermejo y áspero como de polvo de ladrillo, y casi tan fresco como el agua, y no vovió a llover en diez años". Describía, a continuación, la imagen de un coche cubierto de trinitarias, donde quedaba un guante, único rasgo húmano que se encontró el narrador en aquél desastre que era aquella ciudad tras la lluvia.
No era, ni mucho menos, la mejor parte del libro. La historia de una saga fantástica en la que las mujeres son mágicas, fuertes y sabias y los hombres son tozudos, inconstantes, débiles y terriblemente solitarios. Los Buendía.
Desde entonces, ese libro está siempre en la cabecera de mi cama en todas y cada una de las casas que he habitado. Los cantos amarillos, pero bien conservado. Me abrió un mundo que, como después he confirmado, es real, a la vez que imposible.
Fue en 1982 que, hojeando el manual de lengua, me encontré con un párrafo que me subyugó, que me enamoró perdidamente. Hablaba del despertar desolado de un pueblo misterioso después de un aguacero que había durado cuatro años, once meses y dos días. "Un viernes a las dos de la tarde se alumbró el mundo con un sol bobo, bermejo y áspero como de polvo de ladrillo, y casi tan fresco como el agua, y no vovió a llover en diez años". Describía, a continuación, la imagen de un coche cubierto de trinitarias, donde quedaba un guante, único rasgo húmano que se encontró el narrador en aquél desastre que era aquella ciudad tras la lluvia.
No era, ni mucho menos, la mejor parte del libro. La historia de una saga fantástica en la que las mujeres son mágicas, fuertes y sabias y los hombres son tozudos, inconstantes, débiles y terriblemente solitarios. Los Buendía.
Desde entonces, ese libro está siempre en la cabecera de mi cama en todas y cada una de las casas que he habitado. Los cantos amarillos, pero bien conservado. Me abrió un mundo que, como después he confirmado, es real, a la vez que imposible.
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