martes, 8 de marzo de 2005


Feliz día para tí, que no te sientes maltratada, ni menospreciada, ni malherida, ni obligada a competir, ni pisoteada, ni especial por el mero, insignificante y anecdótico hecho de ser mujer.
Y a ti, que sí te sientes así, no te felicito, sino que te ofrezco mi ayuda hoy y siempre; grita y denuncia al mundo cómo te tratan, que aquellas que estamos lejos de todo eso, nos acercaremos a ti y lucharemos contigo, hoy y siempre.
Si algo de especial debe tener ser mujer, que sea no vernos obligadas a caer en lo roles y en las esclavitudes que sufre el hombre por tener que ser el rey de la selva. Que sean ellos los que se tengan que ver reflejados en nosotras, porque, tal vez, sólo tal vez, nosotras tengamos algo más de razón.

sábado, 5 de marzo de 2005

Casi seguro que, a esta hora hace treinta y ocho años, se estaba peinando. Ya se habría bañado con cuidado y habría desayunado algo, poco, porque los nervios no le dejaban. Pero no importaba, así ese vestido que le habían hecho unas amigas le quedaría mejor. La casa era una locura. Toda la familia había venido y ella, que hubiese preferido estar sola, se veía rodeada por todas partes. Habían dormido como habían podido, compartiendo camas, en varias casas. Su madre no había salido de la cocina, preparando guisos, dulces, tortas y bollos para dar de comer a todos. Siempre era así. No sabía cómo estaría él. Seguro que también nervioso. Era tan guapo. Le gustó desde que lo vió, aunque se hizo la dura, la seria, porque no estaba bien ser fácil. Además siempre temió a su padre y su reacción. Él no se rindió a pesar de los kilómetros de bicicleta que tuvo que hacer para poder verla todos los días, lloviese, nevase o quemase el sol. Hoy se casaban por fin. Iban a vivir juntos, a tener hijos, a formar una familia y a envejecer juntos, como siempre había querido. Se había despedido del trabajo unos días antes y estaba lista para la vida que le esperaba. Estaba nerviosa. Quería estar guapa para él y que ese día saliese todo bien. Y luego la noche juntos, solos por primera vez. Señor, qué nervios. Era el inicio de su nueva vida. Si ella hubiese sabido entonces que esa vida sólo iba a durarle ocho años. Él se marchó demasiado pronto. Pero ese día ella no lo sabía. Estaba feliz, rodeada de sus primas que la peinaban y maquillaban, preparándose para vivir ese día. Feliz e ilusionada.

viernes, 4 de marzo de 2005

Despertar, agua, café, sol, rutina... Bendita rutina.
Posición neutra. Control de la respiración: inspiras y llenas el estomágo, expiras y controlas los tres puntos, esternón abajo, costillas cerradas, abdominal adentro, fuerte. Control.
Y de pronto, un día, pierdes la posición, la respiración y el equilibrio. Y vuelta a empezar. Controlar los tres puntos, esternón abajo, costillas cerradas, estómago fuerte, muy fuerte y adentro, muy adentro...

jueves, 3 de marzo de 2005

¿Predisposición genética o deformación posterior?. Me ronda últimamente por la cabeza esta idea. En su versión simple, se trata de analizar qué es primero, si el huevo o la gallina. Porque, de pronto, soy consciente de que repetimos los mismos roles, las mismas posturas, los mismos errores, una y otra vez. Y eso me hace pensar que debemos tener algún gen o célula o nucleótido de esos que hace que, una y otra vez, repitamos gestos, casi sin darnos cuenta. Vamos, lo que siempre se llamó tropezar con la misma piedra. Defiendo yo que eso es genético. Digo esto porque tengo yo cierta tendencia a enfrentarme a los retos desde la perpectiva de que debe trabajarse para que desaparezca. Algo así como la traducción casera del principio ese de que la necesidad crea al órgano, pero al revés. Enfocar el trabajo para que no haya necesidad y, por tanto, el órgano desaparezca.
Hace muchos años, cuando trabajaba en el área de la mujer de cierta organización política, defendí con la timidez que me es propia la necesidad de que el órgano desapareciese, porque no hiciese falta ese instrumento de discriminación positiva. ¡Como lobas, oye!. Anatema, pecado, blasfemia. Pero yo lo sigo viendo claro. Si desaparece la necesidad, y para eso se curra, debe desaparecer el órgano. Lo que no acabo de entender, y ese debe ser mi error, es que un órgano creado no se elimina nunca. ¡Qué hacer con los que viven de ello!.
Ahora ando en otra cosa igual. La necesidad ha obligado a crear el órgano. Y me gusta trabajar pensando en la utopía de que debe desaparecer. De que "habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra" en la que no haga falta. Esta percepción de las cosas da ilusión a la tarea, porque hay una finalidad superior, más allá de la resolución concreta del trabajo concreto. Pero esta vez no lo diré en alto. Esta reflexión no saldrá del anonimato del ciberespacio, porque me temo que hay mucha gente alrededor, demasiada, que quiere acabar con el órgano, aunque la necesidad persista. Y llevarán a cabo la tarea mediante la técnica de ignorar la necesidad, de no darle importancia, de minimizarla. Cerrar los ojos no va a hacer que desaparezca, sólo va a impedir que se vea. Y nada hay peor que un ciego, que, además, no quiere ver.
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