lunes, 9 de mayo de 2005

A cuenta del embarazo acabo de oir una reflexión que me deja perpleja. Ahora sí, ahora la plebeya se ha ganado el puesto. Yo, que pienso que esa es la exclusiva función de la institución, perpetuarse, estoy de acuerdo. Pero si no se remedia, esa será la forma de jefatura del Estado del país donde vivo, de tal manera que esa señora será la consorte del titular del cargo. Por eso me parece antiguo, carca y tremendamente machista entender que, ahora que sí sabemos que puede parir, se ha realizado como persona. ¿Quiere eso decir que las que no tenemos descendencia no somos personas completas, capaces de ejercitar puestos de responsabilidad?. Eso es lo que tiene aplicar la lógica de los tiempos a una cosa tan rancia como la monarquía. ¡Qué cosas nos quedarán que oir!.

viernes, 6 de mayo de 2005

Qué fácil es alegrarle a una el día. A pesar de que no era triste, este señor lo ha conseguido. Salgo de mi masaje y se me rompe el zapato; pienso en coger un taxi cuando veo que sólo tengo un billete de 50 euros. Pregunto al taxista si tiene cambio y me dice que sí. Así que entro en el coche. Entonces me da un caramelo. "Esto por la sonrisa". Gracias, le digo. No es nada. Me pregunta qué música quiero y se ofrece a ponerme flamenco. Debe ser por el acento, pero le digo que no me gusta el demasiado puro. "La mezclita", le digo. "¿Bebo y El Cigala?". "Perfecto". Me ofrece una revista e iniciamos el trayecto. Cuando estamos cerca del destino, mientras El Cigala se empeña en explicar cómo es posible querer a dos mujeres a la vez y no estar loco, el taxista se queja. "Esta música es bonita, pero yo tenía una sonrisa en este espejo y ahora no está". Entonces la despliego, como una vela al viento. Y él me lo agradece. En la puerta de mi casa, junto a la escalinata que me acerca al hogar le doy las gracias por el trato y le pido disculpas por haberle dejado sin cambio. "No importa. Todo eso lo vale esa sonrisa". Y se la vuelvo a regalar, sin esfuerzo, franca y sincera. Así da gusto viajar, así da gusto vivir.
No consigo hacérselo entender. X se preocupa por mi y se empeña en hacerme salir, conocer a gente, incluso concertarme citas a ciegas. No, cielo, es que yo, en este momento, lo menos que quiero es una historia, un proyecto a largo/medio plazo. No. No quiero ahora salir a buscar. No sólo porque las últimas aventuras hayan acabado fatal, que eso forma parte del riesgo. No, es que estoy muy a gusto sola. Bien es verdad que a veces, demasiadas veces, una echa de menos la pasión, el deseo. A veces una lo que echa de menos es sentirse deseada por otro, sentir las miradas, saber que, si quieres, la aventura está servida. Pero sólo un rato, por favor, un fijo discontinuo, con el único compromiso de volver cada cierto tiempo, a vivir la pasión, sin más deber que el de pasarlo bien y hacer que la pareja lo pase bien también. Lo otro, la historia de amor se queda para más tarde. X no lo entiende. ¿No es tan complicado, no?.

martes, 3 de mayo de 2005

Reciclar afectos. Nunca he sido muy partidaria de ello, pero él no me deja otra alternativa. El amante voraz, loco, atrevido y feroz que, de forma intermitente, me ha estado llevando al cielo en los últimos años ha decidido convertirse en mi amigo. Nos falta cierto rodaje, cierta flexibilidad, esa que nos llevaría a hablar de nuestra relación carnal con naturalidad cuando estamos solos, frente a una cerveza. Anoche le llevé a casa y nos despedimos en la puerta. Recordé la última vez, cuando me arrastró escaleras arriba, abriendo la puerta con rapidez, subiendo a su buhardilla mientras nos arrancábamos la ropa en los escalones, como fieras. Ahora charlamos de sus cosas, de sus amores, de sus miedos y cobardías, de mis anhelos, de mis renuncias, de mis soledades. Como dos viejos amantes que ya no pueden amarse, pero se conocen bien. Podría ser bonito si no fuese por esa sensación que me embarga de no haberle sacado todo el jugo posible a nuestro juego previo. Me gusta esta nuevo amigo, pero echo demasiado de menos al hombre que me buscaba en la noche y siempre me encontraba.

lunes, 2 de mayo de 2005

Busco en mis armarios y me encuentro con mis muñecas, las que poblaron mis juegos infantiles. Encuentro mi Nancy, la chica perfecta, rubia, con los ojos claros, su larga melena, sus vestidos, sus complementos. Entre los vestidos un traje de gitana, rojo, de lunares blancos. Como es mayo en mi ciudad mágica, su mes festivo y hermoso, se lo coloco, recordando cómo disfrutaba cuando era una niña. Estoy en estas y me sorprendo al ver la etiqueta del traje. Esa muñeca perfecta, de cintura estrecha, pechos turgentes, caderas recogidas, largas piernas delgadas...¡usaba una 46!. Aquí tengo la prueba de la evolución en el tallaje y cómo nos han hecho exclavas de la moda. Hoy una talla 46 es una talla enorme, hoy esa muñeca usaría una 36, cuando no una 34. Hoy me siento algo más feliz, porque llevo talla de Nancy, de la de toda la vida, de la de "verdad".
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