miércoles, 10 de noviembre de 2004
Me siento orgullosa de mi tierra. Ya sé que es evidente que ejerzo de ello, pero es que ahora me embarga una emoción y un orgullo que no puedo, ni quiero, evitar. Ayer en todos los noticieros apareció la reseña: las primeras líneas de células madre llegaron al banco público creado en Granada. Y me emocioné, sí. Los primeros en España. Cuando al principio del verano oí una charla de Bernat Soria, amena, clara, tan divulgativa, en la que explicaba con sencillez cómo esta investigación podía ayudar a tanta gente, me declaré clara defensora de la misma. No puedo entender ninguna razón para prohibirla, ningún prejuicio moral para estar en contra de ella. No me cabe en la cabeza. Y Andalucía la primera en autorizar y potenciar la esperanza para miles de enfermos. Y yo orgullosa, sí señor. El nueve de noviembre será otra fecha para celebrar en la historia, una fecha revolucionaria.
martes, 9 de noviembre de 2004
Pasados ¿im-perfectos?
I. Vienes por la noche. Cena en casa de M.C.y J. Ella la cordobesa más guapa que conozco, simpática, inteligente, divertida. Su embarazo de ocho meses la ha redondeado y está más bella que nunca. Él un pedante, egocéntrico, al que ella, sin embargo, ama con locura. "Todo el amor propio que le sobra a él me falta a mi", dice ella, dando una nueva muestra de su inteligencia y buen humor. Charla distendida sobre conocidos, recuerdos, situaciones vividas juntas en los pasillos de nuestra pequeña facultad. Amigos comunes y otros nuevos. En un momento de la velada la pregunta del millón, la que siempre ha tenido respuesta, aunque no la misma: "¿Te vendrías otra vez aquí?". A vivir casi seguro que sí. Pero, ¿qué es vivir?. Aquí recuperaría parte de esa vida social que donde estoy no tengo. Además recuerdo con cariño esos pasillos y claustros donde empecé a ser lo que soy. Pero, ¿podría trabajar allí después de hacerlo en la más grande?. Nunca he tenido pretensiones de hacer grandes cosas; ni siquiera ahora soy consciente de hacerlas, cuando ellos me miran con admiración y orgullo al contarles por donde ando. ¿Volver?. No lo sé, la verdad.
II. Casi por casualidad el sábado aparezco en la puerta de la Asociación de Vecinos. Movimiento ciudadano. ¡Cómo me gusta esa expresión y qué satisfecha estoy de haberle dedicado tantos años antes de marcharme hace diez!. La lucha de mi barrio obrero olvidado siempre por los responsables políticos. "Nuestra secretaria ha venido a vernos". Ya no soy ni vecina, pero ellos me siguen considerando la secretaria que tomaba notas de aquellas reuniones de los martes por la noche. Me hice famosa por mis cartas incendiarias, reclamando derechos, a los concejales de turno. Una de ellas me llevó a ese amor al que me abandoné y cuyo destino fue parte importante en mi decisión de marcharme, cuando tuve que huir para no ahogarme y respirar y arrancarlo de mi corazón. Echo de menos aquella lucha. Tal vez una razón más para volver. O tal vez no haya lugar ya para mi en la batalla.
III. Pasado reciente. Otra vez hasta altas horas charlando en su sofá. "Me gusta charlar contigo porque me escuchas y sé que te lo puedo contar todo. Te quiero mucho" Yo tambien te quiero mucho y te quise más, hasta que compartirte con otras, con todas, dejó de ser divertido. Amigos íntimos ahora. De esos que se lo cuentan todo, sobre todo aquéllo que ella nunca puede saber.
IV. Su llamada el sábado, a primera hora, para anunciarme su boda. "No puedo casarme sin que tú estés". Harold se casa. Ese mulato que me quitó el sueño hace tantos años se casa. ¿Dónde habrá encontrado alguien que le aguante?. Porque es inaguantable, petulante, fatuo, egocéntrico, insoportable. Vale, durante un año me quitó el sueño. Sus visitas dos día en semana eran una mezcla de hipnosis y rabia, cuando me daba cuenta de que otra vez me había dejado llevar, que otra vez él lo había conseguido. Luego estuvo en mi vida como el Guadiana, apareciendo y desapareciendo. Y ahora se casa y quiere que esté. Por supuesto iré, sobre todo para comprender cómo. Porque ya no es ni siquiera ese hermoso ejemplar de mulato, alto, bello, que me volvía loca con alguno de sus atributos. A ese se lo han tragado los kilos y la alopecia. Bandaluna ya no es la única que ha ido a la boda de un ex-. Yo debo aparecer radiante, bella, espectacular. Es lo menos que se espera de una ex-.
I. Vienes por la noche. Cena en casa de M.C.y J. Ella la cordobesa más guapa que conozco, simpática, inteligente, divertida. Su embarazo de ocho meses la ha redondeado y está más bella que nunca. Él un pedante, egocéntrico, al que ella, sin embargo, ama con locura. "Todo el amor propio que le sobra a él me falta a mi", dice ella, dando una nueva muestra de su inteligencia y buen humor. Charla distendida sobre conocidos, recuerdos, situaciones vividas juntas en los pasillos de nuestra pequeña facultad. Amigos comunes y otros nuevos. En un momento de la velada la pregunta del millón, la que siempre ha tenido respuesta, aunque no la misma: "¿Te vendrías otra vez aquí?". A vivir casi seguro que sí. Pero, ¿qué es vivir?. Aquí recuperaría parte de esa vida social que donde estoy no tengo. Además recuerdo con cariño esos pasillos y claustros donde empecé a ser lo que soy. Pero, ¿podría trabajar allí después de hacerlo en la más grande?. Nunca he tenido pretensiones de hacer grandes cosas; ni siquiera ahora soy consciente de hacerlas, cuando ellos me miran con admiración y orgullo al contarles por donde ando. ¿Volver?. No lo sé, la verdad.
II. Casi por casualidad el sábado aparezco en la puerta de la Asociación de Vecinos. Movimiento ciudadano. ¡Cómo me gusta esa expresión y qué satisfecha estoy de haberle dedicado tantos años antes de marcharme hace diez!. La lucha de mi barrio obrero olvidado siempre por los responsables políticos. "Nuestra secretaria ha venido a vernos". Ya no soy ni vecina, pero ellos me siguen considerando la secretaria que tomaba notas de aquellas reuniones de los martes por la noche. Me hice famosa por mis cartas incendiarias, reclamando derechos, a los concejales de turno. Una de ellas me llevó a ese amor al que me abandoné y cuyo destino fue parte importante en mi decisión de marcharme, cuando tuve que huir para no ahogarme y respirar y arrancarlo de mi corazón. Echo de menos aquella lucha. Tal vez una razón más para volver. O tal vez no haya lugar ya para mi en la batalla.
III. Pasado reciente. Otra vez hasta altas horas charlando en su sofá. "Me gusta charlar contigo porque me escuchas y sé que te lo puedo contar todo. Te quiero mucho" Yo tambien te quiero mucho y te quise más, hasta que compartirte con otras, con todas, dejó de ser divertido. Amigos íntimos ahora. De esos que se lo cuentan todo, sobre todo aquéllo que ella nunca puede saber.
IV. Su llamada el sábado, a primera hora, para anunciarme su boda. "No puedo casarme sin que tú estés". Harold se casa. Ese mulato que me quitó el sueño hace tantos años se casa. ¿Dónde habrá encontrado alguien que le aguante?. Porque es inaguantable, petulante, fatuo, egocéntrico, insoportable. Vale, durante un año me quitó el sueño. Sus visitas dos día en semana eran una mezcla de hipnosis y rabia, cuando me daba cuenta de que otra vez me había dejado llevar, que otra vez él lo había conseguido. Luego estuvo en mi vida como el Guadiana, apareciendo y desapareciendo. Y ahora se casa y quiere que esté. Por supuesto iré, sobre todo para comprender cómo. Porque ya no es ni siquiera ese hermoso ejemplar de mulato, alto, bello, que me volvía loca con alguno de sus atributos. A ese se lo han tragado los kilos y la alopecia. Bandaluna ya no es la única que ha ido a la boda de un ex-. Yo debo aparecer radiante, bella, espectacular. Es lo menos que se espera de una ex-.
jueves, 4 de noviembre de 2004
Hoy Hatem, mi halawa, cumple años. Anoche a las 12 en punto le mandé un mensaje lleno de besos de colores. Él me llamó al intante y me contó lo que tiene preparado para hoy. Este año tampoco podré ir. Y recordamos el año pasado. Yo le mandé flores al trabajo. Me encanta mandar flores, sobre todo si son chicos. Les suele sorprender. Por eso me gusta. Un par de rosas es suficiente para agradarles y para que recuerden que en ese día les tengo en mi memoria.
martes, 2 de noviembre de 2004
"Le admiro mucho como profesional y como persona". Esta es la frase emblemática con la que mi querida Greta se dirige a todo famoso, famosete o friki que se nos cruza en nuestras locas noches contrapunteras. Pensaba yo en ello porque acabo de recibir un mensaje de RL, mandándome saludos cariñosos. Cada día me cae mejor RL. Creo, además, que nos estamos cogiendo cariño. Probablemente, cualquiera calificaría nuestra relación de sincera amistad. Tal vez lo sea. La última vez que nos vimos, que estuvimos juntos, cenando, tomando una copa y bailando sentí, por primera vez, que había entre nosotros una corriente de afecto. Lo que pasa es que RL y yo nos volvemos un poquito canallas, traviesos y descarados cuando nos vemos a solas en su buhardilla. Y aquí viene lo más curioso, lo que me hace pensar: yo que tengo una tendencia inmoderada a colgarme de aquellos con los que practico juegos de alcoba, no siento eso con RL. Al principio sí, pero duró poco. Y creo que ya sé por qué es: no le respeto. Mejor, no le admiro, no es inteligente. Sí es listo, rápido, pillo y negociador. Busca la ventaja. Pero le falta la sutileza de la inteligencia, de la palabra, del saber estar. Estas cualidades, que valen poco o nada en la cama, son imprescindibles en la mesa. Un señor en la mesa, un chulazo en la cama, en su versión masculina. Y RL, mi animalito de bellota, como yo le llamo, es lo menos sutil que he encontrado en la mesa. Es de los que regaña al camarero, elige el vino por el precio, pone pegas a todos los platos, regatea en la cuenta, cuando cree que le engañan. Y eso, a veces, da risa. Pero, otras, abochorna. Lo mejor es que siempre es el mismo. Nada sutil en su buhardilla. Y eso sí que me gusta. Y mucho.
lunes, 1 de noviembre de 2004
I. Día de Todos los Santos, Día de Difuntos. Estos días primeros de noviembre, el mes más triste para mi, me traen recuerdos de cementerios. El de mi ciudad mágica, grande, triste y deslucido; con manchas de humedad en las paredes encaladas, con olor a flores muertas y húmedas junto a las fuentes, verdín en los floreros, frío. Una misa en medio del patio central. Calles estrechas llenas de tumbas, tumbas antiguas, sucias, abandonadas. No hay miedo, ni dolor en mis recuerdos, sólo gris. Aquel terreno lleno de cruces de madera medio caídas, donde reposaban los soldados republicanos a los que nadie reclamó, el columbario, tumbas chiquititas y el cementerio civil, donde reposaban los no católicos. Desde que entraba por la puerta y dirigía mis pasos hacia la tumba de mi padre, el frío de noviembre se calaba entre los huesos. Aunque hiciera sol, siempre hacía frío, tal vez porque mis visitas más frecuentes siempre fueron en noviembre, mi mes más triste.
Cuando estudiaba la carrera iba también a menudo. Estaba cerca y, a veces, en vez de irme al bar, me acercaba al cementerio dando un paseo. Nunca me pareció tétrico, ni sombrío. Nunca imaginé a mi padre ahí, tras esa lápida en la que aparecía su nombre y el recuerdo a la memoria de su mujer y sus hijos. Mi padre, ese hombre alegre y dicharachero, que los domingos nos dejaba subirnos con él a su cama y nos cantaba, mientras mi madre preparaba el desayuno, las canciones de la tuna de su juventud, con voz melodiosa, ese que llegaba cansado y hacia el que yo corría y me abalanzaba cuando aparecía en la esquina de mi calle, el que veo en fotos abrazándome y sonriendo, del que todo el mundo dice que era la alegría en persona, ese al que dicen que tanto me parezco en talante, ese hombre moreno, de ojos tan oscuros y pelo rizado que siempre sonreía, ese no está allí. No sé dónde está, pero no allí. Así que yo iba a ver esa lápida, con la obligación de llorar por él, de rezar lo que sabía, con una cierta sensación de abandono.
Cementerios. El verano pasado volví al cementerio de mi ciudad. Hacía tanto tiempo que no iba. Estaba remozado, pero no perdía esa sensación de humedad. O es que yo no puedo quitame esa sensación del recuerdo. Ahora es más grande. Pero inicié el camino hacia la lápida de mi padre sin ninguna duda. Las tumbas de los soldados republicanos han sido restauradas, rehabilitadas, reconocidas. La cal brillaba al sol, el sol redondo y caliente de agosto en mi ciudad, pero la callejuela donde está la lápida estaba en la penumbra. Y allí estaba la mención a sus hijos, junto a su esposa. Unas flores de tela, perennes, que hoy estará cambiando mi madre, eran el único testigo de su familia. Las sensaciones de mi niñez volvieron todas, plenas. Y de nuevo no sentí pena, ni tristeza, ni miedo, sólo sentí frio. Un frío extraño en agosto en mi ciudad.
II. Dulces de noviembre. Ni huesos de santo, ni buñuelos de viento, ni panellets. Mis dulces de estas fechas son las gachas. El dulce más pobre. Agua y harina. Mi madre las prepara con leche, suaves, con ese ligero sabor a aguardiente y canela en rama. Una cucharada de manjar dulce y sencillo, con un cuscurro de pan frito, crujiente. Se funden en la boca, mientras el olor a anís se cuela por la nariz y hace cosquillas. A mi me gustaban templadas, no frías. Me sentaba en la cocina, mientras mi madre las preparaba, despacio, removiéndolas, para que no quedaran grumos, lentamente, a fuelgo lento, mientras espesaban. Y luego las dejaba caer en platos, en cuencos y las espolvoreaba con canela molida. La cocina oliendo a canela, aguardiente y pan frito en buen aceite de oliva. Yo le pedía arrebañar el cazo. Con una cuchara de madera recogía los últimos restos de dulce, que se endurecían por el frío. Y lamía la cuchara rugosa de madera.
Voy la semana que viene a verla. Le pediré que me haga gachas y la veré de nuevo en la cocina mientras las prepara. Repetiré el ritual y, tal vez, me sentiré niña otra vez, por un ratito. Y dejaré que mi madre me mime un poco, que noviembre es frío y triste y me va a hacer falta calor.
Cuando estudiaba la carrera iba también a menudo. Estaba cerca y, a veces, en vez de irme al bar, me acercaba al cementerio dando un paseo. Nunca me pareció tétrico, ni sombrío. Nunca imaginé a mi padre ahí, tras esa lápida en la que aparecía su nombre y el recuerdo a la memoria de su mujer y sus hijos. Mi padre, ese hombre alegre y dicharachero, que los domingos nos dejaba subirnos con él a su cama y nos cantaba, mientras mi madre preparaba el desayuno, las canciones de la tuna de su juventud, con voz melodiosa, ese que llegaba cansado y hacia el que yo corría y me abalanzaba cuando aparecía en la esquina de mi calle, el que veo en fotos abrazándome y sonriendo, del que todo el mundo dice que era la alegría en persona, ese al que dicen que tanto me parezco en talante, ese hombre moreno, de ojos tan oscuros y pelo rizado que siempre sonreía, ese no está allí. No sé dónde está, pero no allí. Así que yo iba a ver esa lápida, con la obligación de llorar por él, de rezar lo que sabía, con una cierta sensación de abandono.
Cementerios. El verano pasado volví al cementerio de mi ciudad. Hacía tanto tiempo que no iba. Estaba remozado, pero no perdía esa sensación de humedad. O es que yo no puedo quitame esa sensación del recuerdo. Ahora es más grande. Pero inicié el camino hacia la lápida de mi padre sin ninguna duda. Las tumbas de los soldados republicanos han sido restauradas, rehabilitadas, reconocidas. La cal brillaba al sol, el sol redondo y caliente de agosto en mi ciudad, pero la callejuela donde está la lápida estaba en la penumbra. Y allí estaba la mención a sus hijos, junto a su esposa. Unas flores de tela, perennes, que hoy estará cambiando mi madre, eran el único testigo de su familia. Las sensaciones de mi niñez volvieron todas, plenas. Y de nuevo no sentí pena, ni tristeza, ni miedo, sólo sentí frio. Un frío extraño en agosto en mi ciudad.
II. Dulces de noviembre. Ni huesos de santo, ni buñuelos de viento, ni panellets. Mis dulces de estas fechas son las gachas. El dulce más pobre. Agua y harina. Mi madre las prepara con leche, suaves, con ese ligero sabor a aguardiente y canela en rama. Una cucharada de manjar dulce y sencillo, con un cuscurro de pan frito, crujiente. Se funden en la boca, mientras el olor a anís se cuela por la nariz y hace cosquillas. A mi me gustaban templadas, no frías. Me sentaba en la cocina, mientras mi madre las preparaba, despacio, removiéndolas, para que no quedaran grumos, lentamente, a fuelgo lento, mientras espesaban. Y luego las dejaba caer en platos, en cuencos y las espolvoreaba con canela molida. La cocina oliendo a canela, aguardiente y pan frito en buen aceite de oliva. Yo le pedía arrebañar el cazo. Con una cuchara de madera recogía los últimos restos de dulce, que se endurecían por el frío. Y lamía la cuchara rugosa de madera.
Voy la semana que viene a verla. Le pediré que me haga gachas y la veré de nuevo en la cocina mientras las prepara. Repetiré el ritual y, tal vez, me sentiré niña otra vez, por un ratito. Y dejaré que mi madre me mime un poco, que noviembre es frío y triste y me va a hacer falta calor.
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