jueves, 6 de octubre de 2005
Me gustan sus correos, insinuantes, inteligentes. Me divierten y me halagan. Me obligan a buscar las palabras adecuadas para contestarle sin decir nada, pero diciendo mucho. Se crea, sin querer-queriendo, un lenguaje secreto, críptico y divertido entre nosotros. No durará mucho, me imagino. Pronto empezarán los temores, los miedos, las prevenciones, las direcciones alternativas, las horas intempestivas, los merodeos. Suele ser así. Así que me voy preparando, para no decir tanto, para no insinuar tanto, para no requerir tanto. ¿Por qué, a veces, es tan difícil esta amistad íntima y complice entre un hombre y una mujer? ¿Alguno de los dos no está jugando tan limpio y tan claro? ¿Alguno de los partenaires no es capaz de sujetarse dentro de los límites? ¿Hay que controlarse al llegar a esos límites? ¿Puede una amistad complice e íntima traspasar el papel y la pantalla sin que ello suponga trasgredir otras lealtades?
miércoles, 5 de octubre de 2005
Cuando le agradecí el regalo del libro, me auguró llanto. Así que como ayer quería llorar, lo abrí en cuanto pude. Me senté en el vagón del metro y empecé a leer, seguí leyendo mientras subía los tres tramos interminables de escaleras mecánicas y no paré de leer por la calle, debilmente iluminada, mientras aprovechaba la luz de neón que escapaba por los escaparates. Crucé la calle mientras leía, mirando de reojo las luces del semáforo y entonces empecé a llorar. Quería rendir un homenaje húmedo a mis muertos. No a los físicos, a los seres humanos que me han dejado. No, quería llorar por ilusiones, confianzas, sueños, lealtades e inocencias. Por sacrificios, tensiones, amores ciegos y paciencias. Por trabajos, esfuerzos, compromisos y despedidas. No había sido un día alegre, había sido tenso, completo, intenso y decepcionante. Por días como este necesitaba yo llorar. Catarsis, limpieza, depuración. Al día siguiente, tal vez, otra vez la sonrisa, enmarcada en unos ojos del corazón hinchados por el llanto. Tal vez.
martes, 4 de octubre de 2005
Me acerqué a despedirme de él, como hago siempre. Porque es el jefe y hay que ser educada, pero, además, porque me divierte la escenificación que invariablemente se produce en ese momento. Ayer, me cogió la mano, la apretó y se la llevó a los labios, me miró con ojos de cordero degollado, esa mirada que mezcla una especie de deseo y pena, que siempre me da risa. Le miré con cariño, le guiñé un ojo y le sonreí. Por fin, él soltó la mano y yo me volví, sabiendo que seguía mirando. A él debe gustarle también la pantomima, porque hacía pocas horas que nos habíamos quedado solos, paseando por las calles de Madrid y se dedicó a hablarme de su trabajo, de sus aspiraciones, de sus aficiones, pero ni una palabra de nuestro juego. Eso me alivia, por qué negarlo. Sigamos jugando, marcando límites. A mi me resulta divertido. Y es solo eso, un juego divertido.
Lo llaman Tribunal, aunque no necesariamente imparte justicia. Él, por ejemplo, no la ha recibido. Sé que ha tenido el apoyo suficiente, probablemente el mejor, sé que le habrán sujetado cuando, a pesar de que él ya lo sabía bien, no ha recibido ningún voto, pero yo quiero, desde aquí, darle el abrazo más firme, el ánimo más caluroso y la reafirmación en sus méritos profesionales más enérgica.
domingo, 2 de octubre de 2005
Se ha dormido en mis brazos y me ha robado para siempre el corazón. Al principio no quería, se removía, refunfuñando. Entonces yo le he cantado al oido, chasqueando los dientes, ronroneándole al oído. Entonces ha puesto su cabeza en mi pecho, cerca de mi cuello y ha cerrado los ojos. Su olor a dulce, colonia y leche me ha entrado por la nariz y ya no he tenido salvación. He hundido mi boca en su cuello redondo y gordo, besándolo. Él se ha dejado hacer mientras los ojos se le cerraban sin remedio. He seguido cantando y moviéndome rítmicamente. Ro, ro, ro. Cuando he sentido su respiración pausada y rítmica, le he echado en la cuna. Aún ahí ha abierto sus ojos, pero yo le he movido, ro, ro, ro. Se ha dormido definitivamente, le he besado en la frente, me he vuelto desde la puerta otra vez para cercionarme que dormía y he cerrado la puerta. Se ha dormido en mis brazos y ya, por siempre, Alejandro tiene mi corazón.
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