"Mientes tan rico que dan ganas de creerte".
Sé que él sólo quiere de mi unas caricias, pero no me importa. Me gusta. Me gustan sus ojos color miel (no, comadre, no son "aguarapaos", son miel), su pelo negro, su boca jugosa, la forma en que me mira, cómo me dice "mi niña" y me sonríe, y, cómo no, el romanticismo que embarga la idea de pertenecer a un pueblo sin tierra, que lucha desde hace años por tener un Estado.
Por eso, cuando anoche me dijo que, incomprensiblemente, estaba siendo bueno, sin entender por qué, le dije que sus mentiras eran tan bonitas que merecían ser creidas. Porque, por supuesto, lo que más me atrae de él es su fama de pendenciero, sinvergüenza, canalla y gamberro.
La suerte está echada. Me pegaré a los noticieros para saber cómo va la "hoja de ruta", qué ocurre en la fanja de Gaza y cuáles son los proximos movimientos políticos de la zona; me estudiaré la historia de su pueblo a fondo; incluso, haré mis incursiones en el Corán, a pesar de que él no se lo ha leído nunca.
Y es que las mujeres somos como somos. Nos afanamos por entrar en sus vidad y conocer hasta el nombre de los amigos de la escuela elemental, cuál es su plato favorito y cómo le gusta que le preparen el té.
Unas huríes, vamos.
lunes, 1 de septiembre de 2003
Gwendolin se sintió morir el otro día. Era una fiesta a la que él estaba invitado; se encontraría con él, después de meses de silencio. Gwendolin no sabía cómo reaccionaría, ni si él lo haría. Gwendolin no podía imaginar que ella también estaría. Cuando la vio aparecer, Gwendolin pidió que la tierra se abriese bajo sus pies y la tragase, que por arte de magia, Gwendolin se volatilizase y desapareciese de allí dejando una pequeña estela de humillo rosado. Afortunadamente, Gwendolin no estaba sola; varios amigos la sostuvieron en vilo, la ayudaron, la abrazaron, la mimaron, la quisieron y la reconfortaron. En unos minutos, Gwendolin recuperó la compostura y, con ella, el vuelo y la sonrisa.
¡Qué pequeño e insignificante se aparecía él!. Gwendolin superó la prueba, bailó, rió, soñó, amó esa noche y vió las luces del día. ¿Él? ¿Y qué demonios importa! Gwendolin amaneció con una sonrisa de felicidad. Prueba superada. Bravo por Gwendolin.
P.D. Feliz vuelta de vacaciones a todos.
¡Qué pequeño e insignificante se aparecía él!. Gwendolin superó la prueba, bailó, rió, soñó, amó esa noche y vió las luces del día. ¿Él? ¿Y qué demonios importa! Gwendolin amaneció con una sonrisa de felicidad. Prueba superada. Bravo por Gwendolin.
P.D. Feliz vuelta de vacaciones a todos.
sábado, 26 de julio de 2003
Curiosamente, los dos queremos lo mismo. A saber, estabilidad emocional. Él a sus treinta años, yo, con los míos, que no son los mismos. No obstante, el método de búsqueda es distinto. Yo, alocada, busco, vuelo, pruebo, aplicando el viejo método de "prueba y error". Provoca más desgaste, pero me hace sentir más viva y, sobre todo, me hace vivir ilusionada. Él, cuadrado, metódico y matemático -no en vano es músico y la música no es más que matemática bella- analiza la situación y decide quién es la persona que puede responder a lo que busca. ¿Amor?, ¿para qué?. Ya llegará... o no. Por supuesto, nada de aventura, nada de riesgo, nada de locura. Quizá por eso, lo nuestro siempre estuvo condenado al fracaso.
miércoles, 23 de julio de 2003
Él se apresuró a preparar su maleta, a guardar sus camisas, sus corbatas y trajes. Tenía tantas ganas de verla. Llevaban diez días separados y él no soportaba más la ausencia. La necesitaba para su cuerpo, pero, sobre todo, para su alma. El agotamiento, la desilusión provocada por los avatares de su trabajo necesitaban de ese bálsamo que, desde hace años, ella es.
Es cierto que ella, pequeña, coqueta, risueña, con uno de los peores genios que he conocido, con una personalidad desbordante, ha sido la contrincante de sus peores riñas, de las más absurdas y estériles.
Pero ayer, viendo cómo doblaba las camisas para meterlas en la maleta deprisa, con el ansia de llegar a ella lo antes posible, de comerse esos dos mil kilómetros que les separaban, les envidié y quise que, algún día, alguien corra a buscarme así y yo necesite tanto a alguien como ellos dos se necesitan y complementan.
Es cierto que ella, pequeña, coqueta, risueña, con uno de los peores genios que he conocido, con una personalidad desbordante, ha sido la contrincante de sus peores riñas, de las más absurdas y estériles.
Pero ayer, viendo cómo doblaba las camisas para meterlas en la maleta deprisa, con el ansia de llegar a ella lo antes posible, de comerse esos dos mil kilómetros que les separaban, les envidié y quise que, algún día, alguien corra a buscarme así y yo necesite tanto a alguien como ellos dos se necesitan y complementan.
domingo, 20 de julio de 2003
Hoy, por primera vez en mi vida, he pasado la noche fuera de la casa de mi madre. No preguntéis por qué, imaginadlo. Y todo iba bien hasta que a las 8 de la mañana, mi móvil ha empezado a berrear, vibrando y centelleando: mi madre me buscaba.
Cuando he llegado a casa y ha insisitido e insistido en saber dónde he estado, parecía uno de esos policías inflexibles, que busca fisuras en la coartada del presunto culpable. He estado en un tris de contar la verdad, pero me he contenido.
A veces pienso que las madres, en su fuero más interno, desean que nos pase algo malo en la noche, como para confirmar su teoría del peligro que nos acecha. Para decirnos "ya te lo decía", una vez más.
Pobre, si llega a saber de dónde venía. Aunque con solo mirarme la cara.... pero supongo que queda fuera de sus juegos mentales siquiera planteárselo.
Cuando he llegado a casa y ha insisitido e insistido en saber dónde he estado, parecía uno de esos policías inflexibles, que busca fisuras en la coartada del presunto culpable. He estado en un tris de contar la verdad, pero me he contenido.
A veces pienso que las madres, en su fuero más interno, desean que nos pase algo malo en la noche, como para confirmar su teoría del peligro que nos acecha. Para decirnos "ya te lo decía", una vez más.
Pobre, si llega a saber de dónde venía. Aunque con solo mirarme la cara.... pero supongo que queda fuera de sus juegos mentales siquiera planteárselo.
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